Cayó Alepo. Lecciones duras de la guerra

14/Dic/2016

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

Cayó Alepo. Lecciones duras de la guerra

El régimen del Presidente sirio Bashar
el-Assad acaba de concretar su mayor logro militar desde el comienzo de la
guerra en su país en marzo del 2011: Alepo, la ciudad más grande de Siria,
convertida desde hace tiempo en un símbolo, ha caído y está nuevamente en manos
del oficialismo.
Los intensos bombardeos que las tropas de
Assad lanzaron sobre la ciudad, con la muy activa ayuda de sus aliados Rusia,
Irán y Hizbalá, lograron el objetivo. Los rebeldes opuestos al régimen han
tenido que retirarse de los últimos seis barrios de la parte oriental de Alepo
que aún tenían en su poder. Y según ha confirmado la organización
«Observatorio Sirio de los Derechos Humanos» con sede en Londres,
Alepo toda está bajo el dominio de Assad.
Los únicos que pueden festejar son el régimen
y sus aliados. Alepo se ha convertido en una ciudad fantasma, como tantos otros
puntos de Siria, y entre las ruinas han muerto numerosos civiles, muchos de
ellos niños, sobre los que cayeron barriles de explosivos, bombas, misiles y
según algunas fuentes, también sustancias químicas.
El mundo se ha estremecido esporádicamente
por algunas imágenes puntuales de la guerra en Siria, como la del pequeño Alyan
cuyo cuerpito sin vida fue hallado en la costa griega tras morir mientras sus
padres trataban de salvarse del horror en su país, huyendo a otros lares. O la
de Omran de 5 años, cuyo rostro lleno de sangre, con la mirada como congelada
en el vacío, quedó plasmado en la foto captada por una cámara del Centro de
prensa de Alepo.
Recordamos esas fotos y se nos hace un nudo
en la garganta. Por ellos y por la tragedia que hay detrás de ambos y de tantos
otros, tanto más cruenta que el rostro de Omran que quedó con vida después del
bombardeo que destruyó su casa, tanto menos «limpia» que el cadáver
de Alyan allí tiradito en la playa, muerto, solito, irreversiblemente solo.
Tragedias por las que casi nadie protestó. Por las que no salieron
manifestaciones por las calles de Europa o América Latina a rasgarse las
vestiduras.
Este lunes asistimos a una rueda de prensa
en Jerusalem con el líder opositor israelí Yair Lapid, jefe del partido
«Yesh Atid», que desde hace más de un año es en casi todas las
encuestas, el preferido ante la eventualidad de nuevas elecciones. Entre muchos
otros temas, un colega planteó a Lapid una pregunta sobre la guerra en Siria,
pidiéndole que haga referencia a ello tomando en cuenta la historia del pueblo
judío y analice si acaso cree que Israel está haciendo lo suficiente por ayudar
a civiles inocentes del otro lado de la frontera, en territorio sirio.
Lapid respondió que Israel ha recibido y
continúa recibiendo a numerosos heridos sirios a los que trata en sus
hospitales, a pesar de que llegan de un país hostil, asegurando que
«hacemos mucho más, otras cosas que no podemos detallar públicamente»
y explicando que «por nuestra situación singular, no podemos abrir las
fronteras, por razones de seguridad». Esto, aunque sí las ha abierto para
recibir heridos que siguen llegando y siendo trasladados a hospitales dentro de
Israel.
De inmediato, Lapid-cuyo padre ya fallecido
era sobreviviente del Holocausto- se detuvo unos segundos y comentó a quien
había planteado la pregunta: «Yo le agradezco que usted la haya formulado
tal cual lo hizo, porque yo miro lo que ocurre en Siria y veo la confirmación
perfecta de que cuando hay tragedias, se puede confiar en el mundo solamente
hasta un cierto límite. Cuando miro lo que ocurre en Siria, pienso que esta es
la misma historia que mi padre me contó a mí, lo cual refuerza mi convicción de
que debemos saber protegernos y defendernos solos, porque nadie vendrá a
rescatarnos si lo necesitamos. Y lo mismo, en otros lados». Y agregó:
«Mi padre me dijo que debemos recordar que si algo terrible ocurre a los
judíos en Israel, lo que el mundo hará será enviar una linda carta. De Siria
sale una lección que debemos aprender para nosotros mismos. El mundo hace
poco…y eso duele».
Quizás en algún momento, cuando el régimen
proclame la victoria total, cuando la comunidad internacional proclame que
terminó la guerra, serán publicadas fotos de niños sonrientes en Siria,
deseosos de comenzar una nueva etapa, de empezar de nuevo. Sí, hay que mirar
hacia adelante, especialmente después de una guerra. Pero junto a la esperanza
de quienes crean, en Siria, que la hay, estarán las muertes que podrían haber
sido evitadas. Al menos, en el recuerdo.
Y por más que haya fotos que engañen,
recordaremos otra historia que nos viene a la mente al combinar la tragedia
humana en Siria, con la que vivió mi pueblo y con él, la humanidad toda, en la
Shoá. Recordaremos una entrevista que realizamos el año pasado con Hanna Pick,
que fue amiga cercana de Ana Frank en Holanda, hasta que las separaron los
nazis en la Segunda Guerra Mundial. A Ana Frank, la niña judía holandesa, el
mundo la recuerda sonriente de la conocida foto en la tapa de su diario en
decenas de idiomas por todos los confines del planeta. Pero su amiga sabe que
aquello en lo que se convirtió Ana en el campo de concentración Bergen-Belsen,
era muy distinto de la imagen de la que el mundo se enamoró.
Tras la separación de las amigas al
llevarse los nazis a los Frank, el reencuentro fue en febrero de 1945 en Bergen
-Belsen. Ambas llegaron al lugar, sin saber una de la existencia de la otra.
Alguien le dijo a Hanna que Ana estaba allí. No se vieron y el reencuentro fue
a través de una cerca tapada, que permitía únicamente oírse las voces.
«Reconocí claramente que era ella, de
eso no tuve dudas, pero fue muy duro no era la Ana con la que jugábamos…no
era esa mi amiga de la infancia feliz», recordó Hanna con tristeza en su
relato. «Era una Ana que había perdido la esperanza, que tenía hambre,
tifus y lloraba…Lloramos juntas. Además, me dijo que se había quedado
sola…Un mes o menos después de reencontrarnos, oyéndonos sin vernos, llorando
juntas…falleció».
No, no es lo mismo.
El nazismo fue una ideología que colocó a
Alemania y sus recursos, al servicio del exterminio de quienes no consideraba
dignos de vivir, siendo el pueblo judío el punto central de sus designios. Seis
millones de judíos fueron asesinados y con ellos más de un millón de
homosexuales, gitanos, lisiados y demás. En la guerra en Siria, han muerto más
de 400 mil personas en una sangrienta lucha de poder, numerosos de ellos
civiles, ciudadanos del propio régimen que los atacó, y víctimas también de los
más extremistas de los insurgentes.
No, no es lo mismo.
Pero cuando de inacción e indiferencia se
trata, el mundo no cambia.
Los judíos lo saben hace mucho. Hoy,
lamentablemente, también lo saben los sirios.